sábado, 30 de abril de 2016

Cinco Meses y 2.50 pesos diarios: La Torre Norte de Catedral

En siete meses, la torre norte de nuestra insigne catedral basílica, cumplirá 112 años de haber sido concluida y con ella, terminada prácticamente la imagen arquitectónica que hoy nos asombra.

     Fue el 8 de diciembre de 1904, cuando después de cinco meses –leyó usted bien- ¡cinco meses!, el alarife Dámaso Muñetón, vio terminada la que, según él mismo, fue la más importante de sus obras constructivas.
     Desde mediados del siglo XVIII, la entonces iglesia parroquial mayor de las minas de Nuestra Señora de los Zacatecas, seguía en su afán de ser la mejor iglesia del norte de novohispano; sin embargo quedaría inconclusa una de sus torres por más de un siglo, debido en gran parte a las guerras de independencia y las subsecuentes que a lo largo del siglo XIX frenaron el desarrollo de la nueva nación “independiente”.
Catedral de Zactecas, 1890. Col. Sescosse.
     Fue hasta que, gracias a la famosa “Pax” porfiriana, el país pudo mantener cierta estabilidad política, alcanzó un desarrollo económico, industrial e intelectual que le mereció reconocimiento mundial. Incluso durante las tres décadas del régimen del General Porfirio Díaz, se percibió más tolerancia hacia el culto católico que en tiempos anteriores fuera tan atacado.
      Merced a este nuevo ambiente social, muchas ciudades se beneficiaron por el ingreso de capitales extranjeros que reactivaron las industrias mineras, metalúrgicas, textiles, agroindustriales, artesanales, entre otras.  En nuestra ciudad, el sector minero que en manos de compañías yanquis, británicas, algunas francesas y pocas de capital mexicano, brindaron bocanadas de aire fresco a la creación artística como nunca antes se había experimentado.
      En medio de ese esplendor, durante 1901, es cuando se piensa terminar el segundo cuerpo y su remate en cúpula de la torre norte de la ahora catedral. Como bien es sabido, desde el triunfo de la Guerra de Reforma, muchos inmuebles religiosos de culto católico pasaron a ser propiedad de particulares y del Estado Mexicano; es por ello que, para tan sólo pensar en realizar cualquier intervención en ellos, era necesario solicitar la autorización de alguna instancia del gobierno federal, la cual, a partir de la Ley de inmuebles del 18 de diciembre de 1902, correspondería a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.     
      En aquel primer año del nuevo siglo XX, correspondió al C. Gobernador del Estado Lic. Eduardo  G. Pankhurst dirigir una carta al C. Secretario de Hacienda (segundo a bordo en la jerarquía gubernamental porfiriana), Lic. José Yves Limantour, con respecto a la conclusión de las torres de la catedral en la siguiente forma:

Zacatecas, Mayo 28 de 1904.

Sr. Lic. D. José Yves Limantour, Srio del Despacho de Hacienda y Crédito Público.México.
Muy Señor mio y estimado compañero:
Como se me ha indicado que el Sr. Obispo de la Diócesis de Zacatecas desea acabar de construir una de las dos torres de la Catedral, antes de concederle el permiso que formalmente solicitará al Gobierno del Estado, que ve en ello un elemento de trabajo y una obra que hermoseará a la Ciudad, me permito consultar la autorizada opinión de U. sobre la manera de proceder a ese respec

Me es grato tener esta ocasión para mandar a U. mis recuerdos, subscribiéndome suyo afmo. [afectísimo] atento amigo y S. S. Go. Z. Pankhurst.

En virtud de la anterior, se recibió contestación por parte de la Secretaría de Hacienda el 4 de abril de 1904, exponiendo que “el permiso podrá concederse con mayor factibilidad si se acompañan a la solicitud respectiva los planos y detalles de la obra, a fin de que sea posible apreciar no solamente la solidez de esa obra, sino también su parte arquitectónica que contribuya a embellecer el edificio”.
     La obra procedió, el financiamiento provino de una notable mujer zacatecana, la Sra. Pepita Brilanti, quien viviendo en contra esquina de la catedral decía al Sr. Obispo: “me da tristeza ver  desde mi balcón, esa torre a medias, por favor, déjeme usted terminarla”.

Catedral de Zacatecas, 1903. Torre en construcción.

     Para ello se contrató al ilustre alarife Dámaso Muñetón, quien en una interesante entrevista que le fue realizada para un diario, nos legó interesantes experiencias:
Reportero (MAX): ¿En qué condiciones tomo usted las distintas figuras de la torre antigua de Catedral para dirigir la nueva?
Muñetón: Esa vez tanto el ingeniero Córdoba, como el Sr. Pankhurst, me daban el consejo de poner un castillo de madera alrededor de la torre vieja, para tomar las figuras por medio de moldes de yeso; pero a mí me pareció que este procedimiento requería un triple trabajo, y entonces me propuse y así lo llevé a efecto, tomar las figuras de la antigua torre por medio de dibujos en miniatura, subiendo por una escalera colgante. Después ampliaba los dibujos al tamaño conveniente y los distribuía entre los canteros. De esta manera fui dirigiendo el trabajo durante cinco meses, hasta quedar terminado. En las obras trabajaron como promedio, de veinte a treinta canteros y dos albañiles con dos peones.
Reportero (MAX):¿Cuál es el costo de esa importante obra?
Muñetón: Con todo y lo que se distribuyeron como “bolos” al descubrirse la torre, su importe fue de $13.000.00.
Reportero (MAX):¿Cuánto le produjo a usted en metálico este trabajo?
Muñetón: No cobré absolutamente nada extraordinario, fuera de mi sueldo de $ 2.50 diarios durante cinco meses.

Catedral de Zacatecas, 1905. Torre concluida.

Con una torre, cinco meses, 2.50 pesos diarios y la suma de voluntades, se concluyó uno de los sueños más largos de Zacatecas que desde 1731 se anhelaba, el  ver culminada su iglesia parroquial, tan capaz, que pudo llegar a ser catedral y una de las edificaciones más bellas e importantes del norte de México.
SALUDOS ¡¡¡¡     
Victor Hugo Ramírez Lozano

miércoles, 14 de octubre de 2015

Cuando las piedras hablan

Cuando las piedras hablan


En una ciudad donde la piedra tiene un papel protagónico, es difícil obviar sus formas, texturas y colores, ya sean naturales o moldeadas por la mano humana. Zacatecas, es piedra, nació de las piedras ricas en metales, las que fueron exprimidas por otras piedras más grandes y más duras en las llamados tahonas; el jugo argentífero se transformó en sonoras monedas que dieron de comer a muchos, desde el empresario minero hasta el trabajador que arriesgaba su vida en la profundidad de la tierra.

Quebradores y separadores, Mina del Capulin.

De piedra fueron los cimientos de las primeras viviendas y capillas, de piedra los muros de los palacetes y conventos construidos después. De piedra sus calles, callejones y plazas; ¡vámos!, la ciudad entera está a los pies de una gran corona de piedras que al verla nos hace sentir de esta tierra, la veneramos, nos ayuda a predecir cómo será el clima del día y en ella vemos cómo lentamente muere el sol.

Cuando las piedras adquieren ese significado de apego al terruño, cuando se vuelven parte de un recuerdo y de la memoria colectiva, dejan de ser astros para transformarse en seres animados que respiran, se sonrojan con la lluvia, se acaloran en el ocaso; unas sufren el paso de los años, otras se yerguen orgullosas en forma de torres o estoicas columnas.

Es en ellas que están depositadas casi cinco centurias de historia de una ciudad labrada a golpe de fuerza, empeño, dolor, miedo, valentía, bondad, conocimiento pero sobre todo, que ha sido tallada con el cincel del amor de nuestros más viejos abuelos, quienes han hecho posible nuestra presencia.

Petroteca Agustiniana. Sacristía del Extemplo de San Agustín.

Cuando las piedras hablan, nos comunican ese pasado denso y rico del que somos herederos y responsables de conservarlo para las generaciones venideras… pero eso sí, su carácter pétreo hace que ellas no se abran a cualquiera ni al primer guiño; hay que ganárselas, investigarlas, acariciarlas con la mirada, entenderlas, es más, hasta dedicarles poemas como ellas nos los regalan en cada 
fachada.  

Ruinas del Convento de San Francisco.

Cuando logremos que las piedras nos hablen, sólo en ese momento estaremos en comunión con nuestra cultura, la que nos da identidad y que al mismo tiempo nos transformará en una piedra más del maravilloso monumento llamado humanidad.


Victor Hugo Ramírez Lozano.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Milagro en la Toma de Zacatecas de 1914


MILAGRO en la Toma de Zacatecas de 1914
Palacio de Gobierno y Banco de Zacatecas. Col, José M. Enciso. 1900 c a

Pasaban ya de las cinco de la tarde cuando la lluvia de proyectiles arreciaba sobre la ciudad de Zacatecas. Cerca de veinte mil invasores inundarían sus calles de un momento a otro ese trágico martes 23 de junio de 1914.

     Las primeras huestes se hicieron presentes en las calles del Barrio Nuevo, por el rumbo de la estación de ferrocarriles, otras, entraban por las Peñitas o la Pinta, las últimas lo harían por la calle de Juan Alonso. La carta de presentación ante la población: el fusil en mano acompañado de un enardecido ¡viva Villa!, ¡mueran pelones desgraciados! A través de las puertas cerradas a “piedra y lodo”, se escuchaban los cascos de los caballos a galope, gritos de soldados, mujeres y por su puesto, las bocas de fuego artilladas que aún seguían vomitando granadas por los rumbos sur y sureste.

Antigua plazuela de San Juan de Dios; en el costado izquierdo
el Hospital de San José, antiguo Hospital Civil
     Justo en la plazuela de San Juan de Dios se encontraba el Hospital Civil y a su entrada, una manta con letras negras imploraba “piedad para los heridos”. Al ingresar a este centro de atención humanitaria, las fuerzas del General Pánfilo Natera amarraron en sus camillas a varios de los heridos y “les pasaron cuchillo”[1], mientras que otros, hacían arrogancia de su puntería con aquellos que corrían por el patio tratando de salvar la vida. 

     Soldados de la División del Norte entablaban un acalorado diálogo de plomo con sus rivales de la guarnición federal, apostados en balcones y azoteas de varios edificios.

     Son las cinco quince; algunos federales aún se encuentran al interior del hermoso palacio sede de la federación, el antiquísimo edificio virreinal de la Real Caja; villistas traspasan sus bellas puertas labradas del siglo XVIII y comienza la persecución de la presa atemorizada en los corredores; los “revolucionarios” logran subir al segundo nivel, mientras las ansias de armas y botines de guerra (entre ellos la caja fuerte de la pagaduría militar), provocan que los invasores traten de abrir a punta de pistola las sólidas puertas en donde bien saben por sus espías, los encontrarán y...  sobreviene la tragedia.

     Una enorme explosión, en tres tiempos, sacudió a la ciudad entera; según el reloj del General Felipe Ángeles Ramírez, el estratega del asalto, eran las cinco cincuenta de la tarde cuando “del centro de la ciudad se elevó de pronto un humo amarillo, como si estuviera muy mezclado con polvo”[2] La jefatura de Armas, la Casa del la familia Magallanes y parte del Banco de Zacatecas, habían volado.

      Días antes, el General Argumedo había capturado a las fuerzas de Natera armamento y explosivos, los cuales estaban fabricadas con las cápsulas que se usan para exportar el carbono líquido[3]; así mismo, el 10 de junio, el General Medina Barrón, había derrotado al mismo Natera cerca de la mina del Bote, y capturado armamento, mismo que fue conducido a la Jefatura. Aunado a ello, parte de los abastecimientos de parque que enviaba la federación, se encontraban resguardados en sus amplios salones.

     Los dorados vencedores achacaron de inmediato este hecho al enemigo caído en desgracia; uno de aquellos generales, Federico Cervantes Muñoz-Cano escribió : “Como postrera y bárbara venganza, los vencidos habían volado con dinamita una manzana entera, con todo y habitantes”; y justificando el bárbaro exterminio de soldados mexicanos, continuó: “pero la guarnición de doce mil hombres, expiaba este crimen con el aniquilamiento”.  Al día siguiente, un Teniente Coronel del bando federal llamado Leobardo Bernal, fue mandado ejecutar por Villa, supuestamente por haber sido él quien tenía la ciudad minada. La denuncia la hizo una extranjero[4].

     Minutos después de la explosión, Entre la enorme montaña de escombro, se encontraban fragmentos de cuerpos que por sus vestiduras delataban sus bandos militares. Entre las canteras, “se oían gritos lastimeros”[5].
Ruinas del Palacio Federal y el hueco en el Banco de Zacatecas Col. José Manuel Enciso
     Mujeres, niños y soldados, cubriéndose con el reboso y pañuelos, se dieron a la tarea continua de buscar cualquier indicio de vida en el sitio de la hecatombe. A la par de que iban sacando cuerpos, un contingente separaba el botín de guerra: armas, municiones, piezas de artillería y una caja fuerte que, a pesar de la enorme explosión no fue abierta. Un soldado, rifle en mano, fue designado a mantener guardia a su costado.
Un soldado de la "revolución", rifle en mano, custodia la caja fuerte del
palacio federal, la cual parece no haber sido abierta muy a pesar de la tremenda explosión.

     Ciento veintiún cadáveres fueron extraídos durante los tres días siguientes: dos oficiales, treinta y cinco revolucionarios y ochenta y nueve federales[6], y otros más “que no pudo rescatar ya la piqueta, que trabajaba con desesperación”[7]

     Al cuarto día de la explosión, ¡un milagro!, un milagro entre las miles de tragedias que estaba viviendo la ciudad conmovía y sorprendía a Zacatecas: un niño sólo seis meses, el hijo menor del Lic. Manuel Magallanes, Magistrado del Supremo Tribunal de Justicia, había sido rescatado vivo de entre los escombros, un sólido ropero lo había protegido del estallido. Los restantes nueve miembros de la familia murieron[8]. Este infante de nombre Alfonso Magallanes, al ser sacado fue entregado al doctor Taube, quien lo cuidó y logró salvarle la vida[9].

     Prisioneros y vecinos civiles de la ciudad fueron obligados a continuar con las obras de limpieza. Las góndolas del servicio de tranvías se emplearon para desalojar la calle de escombros y de los numerosos cuerpos que habían sido incinerados, formando macabras piras frente al teatro Calderón.

Macarbras piras funerarias comenzaron a formarse en las calles y plazuelas de la ciudad de Zacatecas, "olía a pólvora y carne humana"  Foto: Acumulación de cuerpos frente a la ferretería A la Palma. Col. Federico Sescosse. Junio de 1914.

     Al final de bélica jornada de 1914, quedaron un enorme hueco en el muro del Banco de Zacatecas, un solar vacío como una herida abierta que comenzó a cicatrizar por el año de 1932, cuando inició una nueva construcción en el lugar de aquel palacete barroco, y el recuerdo de una ciudad bonancible, culta y rica… pero sólo el recuerdo.


Victor Hugo Ramírez Lozano           



[1] Ramos Dávila, Roberto. “Versiones sobre la batalla de Zacatecas”. S/A. Pp.20.
[2] Tomado del Diario del Gral. Felipe Ángeles, Batalla de Zacatecas.
[3] Marínez y García, Manuel. “Reminicencias Históricas Zacatecanas. La Batalla de Zacatecas” 2a. Ed. 1922. Pp. 27.
[4] Marínez y García, Manuel. “Reminicencias Históricas Zacatecanas. La Batalla de Zacatecas” 2a. Ed. 1922. Pp. 27.
[5] Ramos Dávila, Roberto. “Versiones sobre la batalla de Zacatecas”. S/A. Pp.24.
[6] Primer parte de guerra del General Natera, Junio de 1914.
[7] Ramos Dávila, Roberto. “Versiones sobre la batalla de Zacatecas”. S/A. Pp.24.
[8] Informe de Leon Canova al departamento de Estado. Trd: Adolfo Gilly. Crot. B. del Hoyo. Pp 29.
[9] El niño Alfonso Magallanes sobrevivió, fue recogido por un hermano que estaba estudiando en la ciudad de Guadalajara. Se casó y tuvo tres hijos. Agradezco infinitamente esta información al su nieto, el señor Javier Magallanes.

domingo, 20 de abril de 2014

La Plaza Mayor de Zacatecas


La Plaza Mayor de Zacatecas

"Interior de Zacatecas" por Carlos Nebel. 1830.
En las ciudades de la enorme patria hispanoamericana, la Plaza Mayor tiene una enorme importancia, pues es el centro de toda la vida urbana. El grande y solemne espacio está enmarcado por el templo principal, las casas de gobierno y las habitaciones de los vecinos prominentes. En ella está ubicada la fuente pública y se realiza el mercado. Es el lugar adecuado para las grandes actividades del pueblo: procesiones, representaciones teatrales, corridas de toros, recepción de personajes, celebraciones cívicas.

     Así fue la Plaza Mayor de Zacatecas y se conservó hasta 1861. Una bella y cuidadosa litografía de un viajero alemán,  Carlos Nebel nos la muestra como él la vio en 1830. En ella se aprecia el esplendor de la entonces iglesia parroquial mayor  (hoy catedral) con su cúpula barroca original, en cuyos gajos se divisan algunos motivos decorativos, seguramente con algún contenido iconológico y que bien pudieron ser hechos de Talavera.

     Del mismo modo, Nebel dibujó el atrio que la parroquia tuvo a partir de 1805, el cual por su arquitectura neoclásica, contrastaba con el barroco de sus fachadas. El atrio tenía tres pórticos de acceso, flanqueados de columnas de fuste estriado y capitel dórico y un cerramiento con frontón interrumpido en donde se levantaba una escultura de un ángel. Estudiando con delicadeza esta imagen, me atrevo a suponer que  estas esculturas son  algunas de las que aún se encuentran rematando los contrafuertes de la fachada sur, dedicada a Nuestra Señora de los Zacatecas y de la sacristía, aunque hay que decir, estos ángeles son más antiguos que los pórticos.

Detalle de la fuente erigida en 1805 al centro de la Plaza Mayor de Zacatecas; al fondo, el palacio del rico minero Manuel de Rétegui y el pórtico principal del atrio de la antigua parroquia mayor.

     El mismo año en que se construyó el atrio cementerio de la parroquial, se remodeló la pila de agua que se encontraba en el centro de la Plaza Mayor, cuyos antecedentes datan del siglo XVI, desde el nacimiento de nuestra ciudad. La fuente, según nos lo deja ver el señor Nebel, tenía igualmente elementos de la arquitectura neoclásica; al centro del vaso de forma octogonal se desplantaba un sólido coronado de jarrones, un obelisco asentado sobre cuatro esferas en torno al cual se encontraban cuatro esculturas y una más en su remate.

          El mercado que invadió la plaza Mayor, construido en 1861. Foto: 1870, Col. José Manuel Enciso.

     En 1861 cuatro galerones con arcadas invadieron la plaza durante el gobierno interino del Lic. Miguel Auza. Se pretendía ubicar convenientemente a los comerciantes, pero se perdió la plaza y se perdió la fuente. Pronto se comprobó que el mercado no era funcional. El paisaje citadino comenzó a cambiar.

     En vez de recuperar la Plaza Mayor, en 1886 se inició un nuevo mercado inaugurado tres años más tarde. Construido sobre la misma área que el anterior, este edificio rompería con la escala urbana del contexto al alzarse varios metros con una estructura de acero prefabricada mandada a construir en Francia. Salvo este piso (destruido por un incendio en Diciembre de 1901), el edificio se conserva hasta el día de hoy. Las casas que limitaban la plaza por el lado poniente no habían perdido su ubicación original.

El nuevo mercado principal, construido sobre el mismo espacio que el de galerones y arcadas, invadió no solo el espacio, si no también las visuales.


     En 1889, el antiguo teatro Calderón se incendió y en 1897 ya se había construido en el mismo sitio el actual foro. Para ello se invadieron cerca de 9 metros de lo que restaba de la vieja plaza. Las residencias contiguas se alinearon con la fachada del nuevo teatro en 1899, modificando así el trazo urbano que Diego de Ibarra planteara cuando Zacatecas iniciaba sus días como ciudad.

Vista actual

     Con la construcción de estos edificios se perdió otro tanto de la Plaza Mayor y sólo quedan como testigos de aquel grandioso espacio las plazoletas Francisco Goitia y Candelario Huízar. Ahora sólo cabe imaginar por medio de la imagen de Nebel  y por  algunos antiguos  mapas,  la traza genial que nuestros antepasados dieron al corazón de la ciudad con sus bien pensadas perspectivas.


                      Victor Hugo Ramírez Lozano

                                                        SALUDOS¡¡¡¡

sábado, 22 de marzo de 2014


“BIBA DIOS”

Improntas de Fe e Identidad “ocultas”en la Catedral de Zacatecas


“Las piedras labradas nos transmiten el mensaje del pasado. La Catedral de Zacatecas nos transmite ese mensaje denso, rico, maravilloso, de aquella ciudad virreinal, que en el siglo XVIII tuvo una personalidad bien definida y fue consciente de un destino histórico providencial.”[1]

     De esta forma, el Pbro. J. Jesús López de Lara inicia su  libro “La Catedral de Zacatecas”, ensayo que nos permite meditar el significado de monumento, de patrimonio e identidad de un pueblo y cómo ésta se manifiesta por medio de sus expresiones artísticas, para después adentrarnos en el mensaje que nuestra Catedral, que por medio de sus morenos y pétreos iconos expone a la luz, al viento… a nuestros sentimientos.

    Sin duda alguna, nuestra catedral le es fiel a su espejo diario, y es que a través de sus muros, columnas y espacios, podemos leer su devenir histórico, desde su concepción como pequeña iglesia, pasando por su desarrollo en busca de la excelencia y unidad arquitectónica parroquial, hasta llegar al monumento que hoy conocemos como catedral basílica. Los golpes del cincel y sus diestros culpables, están inscritos en cada talla, en cada rosado sillar y en la burda mampostería; lo mismo en hilillos de perlas y vides donde las ánimas juguetonas entre los envolventes acantos, nos susurran y ¡se esconden! para que las encontremos.

    Nuestro monumento nació como resultado de la necesidad espiritual de aquellos primeros hombres que una vez pie a tierra, buscaron asentarse en el placer de plata que prometía ser la entonces indómita región de indios zacatecos. La pequeña parroquia de muros de adobe y techumbre de madera, poseía una espadaña la cual en 1548, Don Baltazar Temiño de Bañuelos mandó reponer de su propio bolso, pues “sus adobes se habían erosionado gravemente por los fuertes vientos de la cañada”[2]. De este sencillo templo nos quedó su ubicación.

    Le siguió una segunda e intensa fase constructiva (1612-1688); el templo resultante, de características más sólidas y amplias, fue construido de piedra y su artesonado policromado fue recubierto por el exterior con delgadas láminas de plomo que a la suma y postre del tiempo, comprometieron gravemente su estabilidad. Convivieron con esta segunda parroquial, las capillas del Santo Cristo, Nuestra Señora de la Concepción de los Zacatecas, de Santa Ana, de las Ánimas, entre otras. En este periodo fueron diversos los obstáculos que enfrentó la construcción de la parroquia: desplomes (1612), incendios (1622), reposiciones, cambios de proyectos (1637), adaptaciones de nuevas capillas, Etc.

   Una de las intervenciones que para nuestro interés es de llamar la atención, es la que tuvo en 1626 el alarife Francisco Ximénez, pues a el se atribuye la construcción del segundo templo parroquial, así como el puente de Tacuba en 1610, y el pozo que existía en el centro de la Plaza Mayor.

    En 1730, el proyecto de iglesia parroquial al fin llega a una sensible definición. Después de antecederle varias obras de remodelación más, la iglesia definitiva sería de tres naves, en planta de cruz latina, con sus portadas mirando al norte, sur y poniente. La “profética” Gaceta de México en enero de aquel año excitaba así a los zacatecanos: “prosígase a costa de vecinos y mineros la nueva fábrica de la iglesia parroquial de tres naves, tan capaz, que puede ser iglesia parroquial”[3].

   Fue en ésta última fase constructiva, cuando las capillas existentes (incluidas las recientes de Ntra. Señora de los Zacatecas y del Santo Cristo), fueron demolidas casi en su totalidad, aprovechando algunos de sus muros que lograron adaptarse al diseño definitivo y reutilizando piedras y canteras labradas que ya habían sido empleadas en los anteriores templos.


   





                               Imagen: Pieza labrada con moldura y marca de cantero. Muro sur.

Es por ello que en varios de sus paramentos es posible identificar aquellas piedras labradas en forma de cornisas, dinteles, toros, fragmentos de capiteles, módulos de columnas, incluso ventanas tapiadas que pertenecieron a las viejas capillas.


                                 Imagen: Muro lateral Sur con ventanas de las antiguas capillas,  tapiadas.



  Hace cuatro años, tuve la oportunidad de subir a sus torres y bóvedas, así fue que encontré en los muros que definen la nave central, más piezas reutilizadas, éstas delataban mayor claridad en sus labrados y algo aún más interesante: diversos dibujos como peces, anzuelos, anclas, cruces, crismones, flores; números, letras y monogramas con grafías extrañas, símbolos -algunos- realmente intrigantes. A estos pequeños grabados suele conocérseles como “marcas de cantero”, dado que eran los de este oficio quienes solían plasmar alguna marca o seña en las piedras para dejar su impronta o firma, o bien, como guía para el ensamble correcto de cada elemento constructivo.

   Éstas eran las huellas humildes y discretas que dejaban los maestros canteros para marcar el paso de la burda piedra por sus sensibles manos; no era pues el ego de sus propios nombres, era algo más eterno que la misma roca, era el símbolo de su fe. Eran aquellos otros tiempos, fueron aquellos otros hombres que, como menciona el mismo Pbro. López de Lara, “tuvieron conceptos y modos de vivir diferentes a los actuales y que tal vez supieron ser más felices que nosotros”.

   Así de enriquecedora y enigmática resultó aquella visita hace tiempo a las alturas de la catedral. Sólo me llevé el recuerdo de aquellas figuras que en suma pasaban de 50, la mayoría signos cristianos, dos de ellas, evidentemente emergidas de la tradición indígena, me demostraron que a pesar de la fuerza del mestizaje, aún en pleno siglo XVIII, quedaban resquicios puros de la tradición mesoamericana: una flor de cuatro pétalos y el ícono de la lengua, que tan constantemente aparece en códices.


   Sin embargo, la marca más enigmática, y confieso, que me quitó el sueño, fue la decía “Fo.X.” ¿Habrá sido ésta marca la firma de Francisco Ximénez, aquel hombre que construyó la segunda iglesia parroquial? De ser así estamos ante algo magnífico, fascinante, pues hablaríamos literalmente que nuestra historia, aquella que se labra día a día e interpretamos como arte, sigue más que presente, viva, encarnada y reencarnada en nuestra catedral.

  Desde enero de 2012, estas improntas de fe han sido acalladas; ocultas bajo el maridaje de la cal y la arena, permanecerán anónimas para muchas generaciones más. Desgraciadamente, no existió la sensibilidad y el interés por comprender más a fondo a nuestro máximo monumento.

   Al iniciar el enjarre de esos muros, testigos que exponían al viento lecciones de tesón e ingenio, se debió registrar cada una de sus piedras, antes de ocultarlas; pesaron más las ansias de los metros cuadrados y los tiempos institucionales de entrega de obra; que la tarea de ubicar, distinguir y fotografiar con método arqueológico, las huellas que nuestros ancestros dejaron en los edificios que hoy presumimos opacamente como patrimonio de la humanidad.

   Ni hablar, el tiempo estaba encima, el sol a punto del ocaso, y yo con unas barras de plastilina en la mano, me dispuse a trepar por los andamios para llegar a las azoteas y registrar lo poco que alcanzara de aquellos grabados. Demasiado tarde, solamente logré doce moldes y entre ellos no está el de Francisco Ximénez.

  ¡Que pena!¡que coraje¡ nunca pensé que algún día, los muros de mi vieja catedral volverían ser enjarrados (porque así lo estuvieron), o al menos, no tan pronto. ¡Que lástima me da!... que lo sepa el Papa.

   Al día siguiente, Martín Díaz, el campanero en turno, me invitó a tocar las doce. Al bajar las crujientes escaleras de madera que comunican a la torre, me asomé con tristeza para ver los muros ya enjarrados.

      -¡Si usted supiera!, Martín, lo que significan todos esos grabados que ayer no       alcanzamos    a sacar.
            -La verdad que sólo aquellos hombres traían en su cabeza lo que querían decir.¿qué sería?, ¿quién sabe?



    Bajando, justo antes de salir de la angustiada escalera de caracol, a mano izquierda por un pequeño pasadizo enlozado con unos viejos azulejos, se asoma a un bello balcón de hierro forjado que mira al mercado, inesperadamente, una paloma revolotea en nuestras cabezas. Se sosiega, no atisba el menor espanto; hay que “pastorearla” hacia el balcón. El ave acelera el paso y por la desvencijada puerta. Sale al balcón.

   Al final, la paloma revolotea en la orilla derecha y por entre los barrotes y una red “anti palomas”, ¡se escapa!, sólo deja caer una pluma grisácea que, atrapada en una finísima telaraña que recubre como velo de novia a un bloque de cantera, nos descubre una posible respuesta a las preguntas que poco antes se hacía el campanero.

        -¡Martín!, ¡Mire ahí!. En la telaraña, donde está esa pluma. ¡esto es lo que traían aquellos hombres en su cabeza!

             -¡BIBA DIOS!



                                                                  SALUDOS¡¡¡
                                                          
                                                         Victor Hugo Ramírez Lozano


[1] López de Lara Castañeda, J. Jesús. “La Catedral de Zacatecas.” Instituto Superior de Cultura Religiosa. Zacatecas, México. 1989.
[2] Sescosse Lejeune, Federico. “La Catedral de Zacatecas. Nuestra Señora de los Zacatecas”. Artículo proporcionado amablemente por la Sra. Gabriela Sescosse. S/A.
[3]  en: Bargellini, Clara. “La Arquitectura de la Plata.  Iglesias Monumentales del Centro Norte de México, 1640 -1750”. Instituto de Investigaciones Estéticas. UNAM. Ed. Turner. 1ª Ed. 1991. Pp. 274.